Jungla ficción

Las Navidades de Mr. Sadman

Llegaba la Navidad a Cincinnati y Mr. Sadman empezó a decorar los tres árboles que tenía en el jardín.

En uno estaban las mejores decoraciones y las luces más bonitas. Era un árbol que había crecido mucho en los últimos años, su padre cuando lo plantó le dijo que ese era el ataque.

En el otro lado del jardín estaba el árbol de la defensa. Era grande debido a su importancia, pero había perdido algunas piezas irreemplazables de años anteriores y las que había puesto eran realmente cutres. Por eso apenas había alguien que pasara por la calle que se fijara en él.

En el centro estaba un árbol algo más pequeño, al que su padre había bautizado como el especial. Sin embargo no entendía si era por el viento o por falta de dedicación pero durante el otoño se le había torcido.

Así que encendió las luces ante la expectación de toda la familia, los conocidos y algunos vecinos, pero… ¡sorpresa! Las única luces que iban era las del árbol de la ofensiva.

Esto provocó la ira y el cabreó de sus hijos y sus nietas. Pero por si no fuera poco, la risa de aquellos vecinos a los que no les caía nada bien Mr. Sadman. Por eso quedó triste y desolado. No sabía cómo arreglarlo, aquellas navidades estaban perdidas porque no tenía dinero para otras luces, o eso decía.

No había hecho caso a su padre y ahora lo pagaría caro. Él siempre le decía que se tenía que invertir en luces de las gordas. Que son las que te sostienen la Navidad. A veces se tenía que pagar la marca y no ir con las leds de baratillo que era lo que intentaba hacer todos los años.

No tenía luces NT, ni CB y tampoco S. Le faltaba potencia para llegar al QB y que todo funcionara. Además, Sadman estaba muy preocupado con la subida del precio de la luz del año que viene, y si además quería mantener las luces 5 y 1 del árbol del ataque le iba a subir la factura.

Ante tal panorama decidió olvidarse de los árboles por una temporada. Sabía que lo más importante de unas navidades para él era el cariño de su familia y de esto no faltaba nunca.

Todo ello a pesar de que hasta en Halloween le escatimaba siempre hasta el último caramelo a los niños que llamaban a su puerta. Aunque también era verdad, que con su fama de tacaño tampoco eran muchos.

A pesar de que pueda parecer lo contrario, Mr. Sadman se ganaba la vida mucho mejor que la mayoría de la gente. Su humor no iba relacionado con su estilo de vida.Tenía una empresa familiar, con pocos trabajadores con comparación a las del resto del sector.

El director de personal, Duke ya era prácticamente de la familia. Llevaba varias décadas con ellos y a pesar de no conseguir grandes resultados durante muchos años, él le mantuvo la confianza. Pero por sorpresa de todos, hace unos 3 años los situó como la segunda mejor empresa del sector y al año siguiente se quedó entre las 4 mejores.

Pero como sabéis, lo difícil no es llegar sino mantenerse. Bien por desgracia o por dejadez, el año pasado a su producto estrella, el Burrow, se le rompió el molde y la campaña de Navidad se fue al traste. Aunque hay que reconocer que después del verano la cosa tampoco pintaba bien.

A cargo del taller tenía a Zac desde hacía 6 años. Había llegado casi sin ningún currículum en cargos de tal importancia; más allá de aprender algo del prestigioso McVay, su profesor de prácticas.

Evidentemente a Mr. Sadman le encantó la idea de tener a alguien que cobrase únicamente el sueldo que marcaba el convenio y que estuviera en deuda con él para siempre.

Pero se acercaba la Navidad y llegó la cena de empresa. Antes de los postres hicieron el amigo invisible.

A Lou, uno de los jefes de sección le volvieron a tocar varios pongos. Se le vio con cara de pocos amigos. Llevaba ya unos cuantos años igual. No parecía nada contento con ello ni con los recortes que había sufrido en su sección últimamente. Toda una vida estudiando, analizando y trabajando y todavía con algunos años para jubilarse, ahora querían que fuera McGiver e hiciera milagros con un chicle. Empezaba a lamentar que unos años atrás, después de hacer entrevistas para ser jefe de taller en otras empresas del sector no lo cogieran en ninguna.

A Dan, que era el nuevo jefe de otra sección, le había tocado el gordo, el Mims, una joya de producto. Aunque no las tenía todas porque estaría en manos de Frank. Únicamente esperaba que no se lo rompiera.

Terminada la cena de empresa Mr. Sadman llegó a casa, le dolía un poco la cabeza después de tanto vino, cava y alguna que otra copa. Con problemas se pudo quitar los zapatos y ponerse las zapatillas de estar por casa con la cabeza de tigre.

A la hora de mear tenía más problemas que de costumbre para apuntar al dibujo del cuervo que tenía en el váter para hacer puntería. Inicialmente debía poner una mosca pero pensó que el cuervo se veía más. Además era un animal al que le tenía cierta tirria desde que su intento por trasladar su empresa a Baltimore hacía muchos años no le acabara de salir bien.

Por si esto no fuera poco, le hacía cierta gracia que falcaba la mesa que tenía en la biblioteca con la publicación del poema El cuervo, de Edgar Allan Poe. Sin ninguna duda prefería sacrificar una de sus obras que tener que comprar una mesa nueva.

– La noche es joven. – se dijo Mr. Sadman al salir del baño y llegar a la sala de estar.

– Ella sí, pero tú no. – contestó su loro que siempre lo sacaba de quicio.

– ¡Cállate imbécil! Hoy te quedas sin cenar. – replicó Mr. Sadman mientras se preparaba el último whisky con hielo. Se trataba de un McLachlan del 99 adquirido en Detroit el último verano, aunque todavía no había encontrado el momento oportuno para probarlo.

– ¡Tacaño! tacaño, estás jugando con el pan de mis hijos. – contestó el loro al ver que se quedaba sin cena.

Mr. Sadman hizo que no con la cabeza, se quitó los pantalones y se sentó en el sofá. Puso la tele para ver alguna película de Navidad y eligió una nueva entrega de solo en casa que no sabía que existía.

Macauley Culkin ya era mayor y se encontraba en casa vestido de QB de los Bengals.

A Mr. Sadman le pesaban los ojos pero se le abrieron al darse cuenta que en esa entrega había 3 ladrones que querían entrar en la casa. Eran nada más y nada menos que T.J. Watt, Justin Madubike y Myles Garrett.

Su protección fallaba por todos los sitios y solo podía salir entero gracias a todo lo que se inventaba sobre la marcha.

Pero eran demasiado fuertes y consiguieron abrir algunos gaps en las puertas y ventanas de la casa. Entonces Kevin dijo.

– Voy más estresado que el médico de los Lions.

Hasta que se le ocurrió llamar a su padre pidiendo ayuda. Que necesitaba a sus amigos.

A regañadientes su padre llamó a sus amigos más importantes garantizando sus regalos si acudían a ayudar a su hijo. La llamada funcionó y la casa empezó a llenarse de gente otra vez.

Los amigos que eran más altos y gordos que los ladrones venían con unas catanas. El problema era que no sabían dominarlas y algunos acabaron heridos. Así que Kevin, de nuevo, tuvo que apañárselas solo.

Mr. Sadman no acababa de entender el sentido de esa película, tampoco tenía muy claro si aquello lo había visto en la tele o lo acababa de soñar embriagado por el McLachlan.

De pronto se dio cuenta que había dormido más de 24 horas y se había perdido la Nochebuena. Y dijo.

– ¡Joder seguro que tengo un montón de llamadas!

Lo miró y no tenía ninguna. Nadie se había acordado de él. Pero bajo el árbol de Navidad que tenía dentro de la casa encontró algunos regalos.

Se puso muy contento porque no se lo imaginaba. El primero era otra botella de McLachlan, no le había gustado mucho pero a lo mejor en otra temporada le encontraba un mejor gusto o a lo mejor encontraba con qué podría combinarlo.

Después recibió una pluma y un talonario. Eso no le hacía ninguna gracia. En otro paquete había una cartera para poner el dinero y una hucha. También había una carta del banco con una nueva tarjeta de crédito. Todas las señales iban hacia una misma dirección. Además de un mensaje que decía.

– Si haces lo que quiere la mayoría no te vas a equivocar.

Al final del mensaje había la firma de su padre, que ya era una imagen más de su empresa.

Después levantó la vista y por la ventana le pareció ver la silueta de su padre montando en un trineo que llevaban unos tigres. El trineo arrancó hacia el cielo de Cincinnati en medio de la niebla y el conductor del trineo dijo.

– ¡WhoDey!

Mr. Sadman no entendía nada de todo aquello y mientras se miraba el talonario se preguntó…

– ¿Pero esto que es? ¿Qué quiere decir?

Entonces fue cuando el loro voló hasta su hombro derecho y empezó a piar.

– ¡Tacaño! ¡Eres un tacaño! ¡Feliz Navidad tacaño!

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