Las Navidades en casa de los Morgan se presentaban más tristes que nunca. En esa época del año, el frío de Cincinnati y el frío que les dejaba el juego de los Bengals no les aportaban optimismo.
A pesar de la negatividad que sentían los padres y sobretodo los abuelos, el pequeño Stu, las esperaba con ilusión. A lo largo de los años sus progenitores le decían que como seguidor de los Bengals debía agarrarse a lo que fuera. Ser de los Bengals te marcaba el carácter para todo lo que hacías en la vida. Que nunca debías darte por vencido. Por eso, Stu se agarraba a las cosas positivas de la temporada y pedía a Santa Claus la camiseta con el número 20 de los Bengals. La del cornerback D.J. Turner. O como él le llamaba,
– Mi amigo Juan Drago.
Todo después de que le firmara una gorra de los Bengals.
Un momento que siempre lamentaba su abuela cuando el CB realizaba uno de los 17 pases defendidos de esta temporada.
– Papel de calcar debimos poner en esa gorra… va a ser imposible conseguir que firme pronto un contrato con nosotros…
– No os preocupéis, somos amigos, soy su talismán, me conoció el verano pasado y mira qué temporada ha tenido. – Les decía mirando a su padre Andy.
– Hijo, si es así, te llevo mañana mismo al despacho de Tobin a ver si así acierta con algún pick de draft, que lleva una temporada que no da una.
El abuelo que ya estaba desesperado y creía que nunca vería a su equipo ganar una Super Bowl dijo.
U- ¡A la puta calle todos! Esto es insostenible, no sabemos hacer ni un PU… puñetero placaje… que está el niño y debo contenerme y no soltar todos los improperios que se me pasan por mi cabeza, es que… ¡ME CAGO EN LA MAR!
– ¡Jackson! – siempre respondía la familia cuando decía esa frase.
Julie, la madre de Stu, ya harta de estar cada año con el mismo tema y de otra desastrosa temporada del equipo, les propuso…
– Por qué no hacéis algo para cambiar esta situación. La Navidad es una época de generosidad, de paz y amor. Aprovechadlo y haced felices a los demás.
Su marido Andy pensó que a lo mejor tenia razón, que no bastaba con animar al equipo aunque jugara mal. Así que ideó un plan mientras arrancaba su moto hacia el bar de la esquina.
Al llegar al bar tuvo problemas para entrar por la puerta al cruzarse con Carson, el ex de su mujer. No se caían nada bien, así que ninguno de los dos dejó pasar al otro por la puerta y se quedaron atascados.
– Con esa barriga te pareces a Santa Claus, comes demasiado turrón. – le dijo Carson.
Esto le acabó de dar la idea con la que venía, aunque no pudo evitar replicar a Carson de la peor manera para un bengalí.
– ¡Y tú qué! Qué tienes la barriga de Randy Bullock.
Al nombrar el nombre del ex kicker de los Bengals, Andy no se pudo resistir y empezó a darle patadas en la pantorrilla.
– ¡Qué! ¡te duele la pantorrilla también eh! El puto QB scrambler del instituto, el famoso Rifle de feria, ha, ha, ha. – se reía Andy, que fue quien le puso ese mote, después de que a él, Carson le pusiera a él, su suplente, el de El Brazo ortopédico, por su extraña mecánica de lanzamiento.
Pero en ese momento, la imagen era más dantesca que la defensa de los Bengals, con dos hombres de mediana edad, atrapados en la puerta del bar y cada vez que Andy le daba una patada en la pantorrilla, Carson se agachaba por el dolor. Hasta que intervino la propietaria.
– ¡Pero qué hacéis, iros al baño o mejor a un motel por dios! Sois más viciosos que Deshaun Watson y mira que le criticasteis en su día.
Eso les hizo reaccionar y consiguieron desengancharse. Uno salió del local golpeándose con la cabeza contra el suelo, y quedó casi tan aturdido como Tee Higgins esta temporada. Mientras que el otro entró de cuatro patas y vio como todo el bar le miraba con la misma cara de sorpresa que los seguidores de los Bengals, a McKinnley Jackson cuando queda mal alineado antes de un snap.
Una vez en pie y nada más sentarse en la barra con sus amigos, Andy dijo.
– He tenido una idea brillante. ¡Camarera, ponme 2 cervezas!
– Si esto es lo que haces siempre. -dijo Tyler, uno de sus colegas.
Por extraño que parezca, Andy siempre pedía 2 cervezas a la vez. Una se la bebía primero y la otra era de repuesto por si se terminaba la otra y así no tener que esperar a que le sirvieran la siguiente. Siempre decía.
– Chicos, la cerveza es como el fútbol americano, siempre debes ir un paso por delante. Fijaos como Orlando Brown ha hecho carrera en la liga a pesar de sus salidas falsas que no le pitan.
Sus amigos no compartían esa idea, preferían empezar a dar golpes en la barra con las jarras mientras gritaban.
– ¡Estamos secos, estamos secos! ¡HIP, HIP, BIRRA! ¡HIP, HIP, BIRRA!Pero volviendo a la idea con la que había llegado Andy. Les propuso.
– En estas fechas todos los moteros deberíamos hacer alguna acción benéfica, de solidaridad, de conseguir fondos para un buen fin.
– Ah, ¿piensas conseguir juguetes para los niños menos favorecidos? No creía que tuvieras un corazón tan grande. Pensé que nunca diría eso, pero estoy orgulloso de ser tú amigo. – dijo su colega Domata mientras se le humedecían los ojos.
– ¡Pero qué dices! Ya me conoces, es una ayuda relacionada con los Bengals.
– Ah, deben ser niños que sean fans de los Bengals, haber empezado por ahí…
– ¡No hombre no, déjate de niños! Yo quiero buscar una recaudación por una buena causa de verdad, una que consiga levantar el ánimo de nuestra ciudad. O sea, no puedo ser más claro, para pagar el despido de Zac Taylor. ¡No quiero ver ni un día más a ese inepto en nuestro banquillo!
– Esto sí que me sorprende, con lo fan de Taylor que eras. -dijo Tyler.
– ¡Pero qué dices! ¡Si yo ya en su primer año lo hubiera echado!
– Sí, pero después de perder la Super Bowl nos invitaste a una fiesta en tú casa para celebrar su extensión. La Zac Extension Fest.
– ¿Yo? De esto no me acuerdo y me acordaría con el precio que me cobraron por el champán y los habanos.
– Pues eso es que te acuerdas. – replicó enfadado Tyler.
– Déjate de tecnicismos. ¿Queréis ayudarme o no? Ya es hora de que hagáis algo con vuestras vidas. Si ni siquiera sois capaces de entrar al estadio antes del segundo cuarto porque se está calentito en la tienda del tailgate y tenemos birras.
– Vale, no te pongas así, vamos a ayudarte. -contestaron todos.
Dos semanas antes de Navidad, empezaron a plantar carteles por toda la ciudad con propaganda de la ayuda solidaria. Empezaron a hacer llamadas a sus amigos, a prepararse el traje de Santa Claus, estaban emocionados con lo que venía e hicieron una gran fiesta pero por degracia… había nevado en Cincinnati. Llegaban los Ravens y tenían resaca, así que no hicieron caso al centenar de llamadas que tenían para hacer horas extra.
Así que por su culpa, fueron los propios seguidores de los Bengals los que tuvieron que quitar la nieve de sus asientos en el Paycor Stadium.
La mañana del día de Nochebuena, en la calle había cientos de moteros vestidos de Santa Claus. Empezaron a hacer rugir sus motos al grito de Fire Taylor.
Andy llegó a casa eufórico con la convocatoria mientras su mujer flipaba con su marido. No podía creerse que lo que había interpretado de hacer algo bueno, fuera recaudar dinero para que alguien perdiera su trabajo.
– ¿Ya estás contento? ¿Qué ocurre si Zac gana una Super Bowl con una franquicia que le dé un roster equilibrado? Que esté bien organizado. ¿Sabes que Belichick pasó por los Browns antes de llegar a los Patriots?
– ¿Pero como va a ser un nuevo Belichick? – decía en tono de mofa mientras pensaba que estaba en una franquicia tan desgraciada, que incluso habían tenido a Bill Walsh y lo dejaron marchar para que les ganara dos Super Bowls en la cara. Así que se le cambió el rostro, dudando si todavía podían ser una franquicia más desgraciada en el futuro.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por su padre, que no podía callarse nunca y no se pudo resistir al pensar en Belichick y dijo.
– Es verdad, a Bill le fue todo mucho mejor lejos de Cleveland. Fíjate que ahora mismo, sale con una jovencita que a mi ya me gustaría… – en ese momento, el abuelo se dio cuenta de la mirada asesina de su mujer que le observaba desde su butaca y terminó la frase como pudo diciendo. – … que a mi ya me gustaría… tener su edad.
Finalmente, la Nochebuena de los Morgan fue animada. Con mucha comida y buen vino, o al menos mucho. El pequeño Stu se fue pronto a la cama con la misma ilusión de un seguidor de la NFL el día antes del draft. Sin embargo, su padre no compartía la misma ilusión, la suya, era más bien parecida a la de los seguidores que no tienen ninguna elección el primer día del draft.
Los abuelos se fueron a la cama con la misma frase de los últimos años.
– Querida, este año tampoco estoy en condiciones de hacer el salto del tigre. Así que te quedas sin mi regalo de Navidad.
– ¡Métete en la cama imbécil! ¿Te crees que después de 50 años, no sé qué saltas menos que Geno Stone y eres más tacaño que los Brown?
El abuelo apagó la luz pensando que no debería haber abierto la boca.
El día de Navidad empezó con los gritos de entusiasmo de Stu al ver los regalos debajo del árbol que estaba junto a la chimenea. Sus padres y abuelos se despertaron al oírlo y fueron a abrir los paquetes mientras preparaban el desayuno. Mirando hacia el árbol el abuelo no se pudo contener y soltó.
– Vaya, hay tantos paquetes aquí como en nuestra defensa. Ha, ha, ha.
– Vaya papá, ha tenido que llegar la Navidad para verte reír un poco. – dijo su hijo Andy.
– Como quieres que me ría si tenemos una defensa de risa. Ha, ha, ha. Hoy estoy on fire. Por cierto, ¡Fire Taylor! No puedo parar…ha, ha, ha. Ay que me va a dar algo.
Con las risas el abuelo se atragantó con la galleta que estaba comiendo. Se ahogaba como George Bush en su día. Mientras llamaban a una ambulancia, le sacaron al porche para que le diera el aire e intentara respirar. Empezó a ver una luz en el cielo, le pareció ver llegar un trineo tirado por unos tigres. Pensó que definitivamente le habían venido a buscar, intentó buscar unas últimas palabras para decir. No podía conseguir pronunciar ni Fire Taylor, ni Fire Tobin, ni siquiera WhoDey. Fue entonces cuando vio el rostro del conductor del trineo, que no era Santa Claus. Era negro y tenía un físico extraordinario. Lo vio cuando se quitó la camiseta y se la lanzó encima como le ocurre a los boxeadores cuando tiran la toalla. Pero le cayó encima del pecho, en el corazón. El abuelo se incorporó al reconocer a ese hombre y consiguió escupir la galleta mientras sujetaba la camiseta de los Bengals con el número 32 y el nombre de Rudi Johnson. Entonces, su nieto Stu se agachó y le dio una tarjeta que había caído junto a la camiseta que decía… Believe.


